
Hubo un tiempo en España en que la televisión pública no tenía miedo de la inteligencia de sus ciudadanos. Durante los años ochenta, bajo los gobiernos de Felipe González, TVE fue un espacio donde la cultura, el teatro, el cine crítico y el debate formaban parte del centro de la vida colectiva. Aquella televisión no solo entretenía: construía ciudadanía.
Programas como La Clave (debate político y social de varias horas), Estudio 1 (teatro clásico y contemporáneo en horario principal), La edad de oro (música y contracultura), o La bola de cristal (programa infantil cargado de ironía política y referencias literarias) trataban al espectador como un adulto capaz de pensar.
También existían espacios como Informe Semanal en su etapa más periodística, ciclos de cine europeo y programas literarios y científicos.
Aquella televisión entendía que la democracia no se sostiene solo con urnas, sino con una sociedad formada, crítica y consciente.
Hoy, ese modelo ha sido sustituido por otro radicalmente distinto: una televisión pública que ya no educa, sino que administra conciencias. Concursos interminables, magazines vacíos, tertulias previsibles y debates dirigidos ocupan el espacio donde antes había cultura, pensamiento y confrontación de ideas.
Donde antes hubo:
La cultura no ha desaparecido. Ha sido expulsada del centro.
Se la ha confinado a La 2 con programas como Saber y Ganar, Cifras y Letras, Página Dos o El condensador de fluzo, todos ellos dignos, pero relegados a audiencias minoritarias y horarios secundarios. Ya no es cultura compartida por un país entero: es cultura residual.
Cuando la cultura sí tenía audiencia: datos que desmontan la excusa actual
Uno de los argumentos recurrentes del Consejo de Administración de RTVE es que “la cultura no interesa al gran público”.
Sin embargo, los datos históricos demuestran exactamente lo contrario.
Durante los años ochenta, bajo los gobiernos de Felipe González, los programas culturales no eran marginales: eran programas de masas.
Hoy el panorama es radicalmente distinto:
La comparación es demoledora:
Años 80 (PSOE – Felipe González):
Años 2020 (RTVE actual):
Por tanto, no es cierto que “la gente no quiera cultura”.
Lo que ocurre es que RTVE ha decidido no ofrecérsela con visibilidad ni dignidad.
Del pensamiento al entretenimiento: una decisión política
Este proceso no es fruto del azar ni del cambio tecnológico. Es una decisión política avalada por los órganos de gobierno de RTVE.
El Consejo de Administración, nombrado por cuotas parlamentarias, ha aceptado que la televisión pública funcione como una generalista más, sometida a la tiranía del share y a la conveniencia política del momento.
Los gobernantes han comprendido algo esencial:
una televisión que fomenta el pensamiento crítico es peligrosa para el poder.
Una ciudadanía que ve teatro político, cine social, historia compleja y debates reales aprende a cuestionar.
Y una ciudadanía que cuestiona es más difícil de gobernar.
Por eso la cultura fue desplazada.
No mediante censura directa, sino mediante banalización. No se prohíbe pensar; se lo ahoga bajo entretenimiento constante. No se silencia la cultura; se la diluye entre ruido, espectáculo y polémica prefabricada.
Antes la televisión hacía pensar.
Ahora hace reaccionar.
Antes invitaba a reflexionar.
Ahora invita a consumir.
La comparación incómoda: ayer censura, hoy distracción
Durante la dictadura existía censura explícita y propaganda directa.
Hoy no hay censura formal, pero se evita sistemáticamente el pensamiento crítico profundo.
Televisión franquista:
Televisión actual (RTVE):
Antes se prohibía pensar.
Ahora se evita que haya tiempo para pensar.
Antes se ordenaba qué creer.
Ahora se decide de qué no hablar.
RTVE como herramienta del poder
RTVE ha dejado de ser un proyecto cultural de Estado para convertirse en una herramienta política de baja intensidad. Cada gobierno nombra directivos, redefine la línea editorial y condiciona la programación.
El Consejo de Administración debería blindar la misión pública.
En la práctica, administra cuotas, equilibrios partidistas y miedo al conflicto.
Los políticos han aprendido que:
Por eso proliferan:
Se habla mucho, pero no se piensa nada.
La gran renuncia democrática
RTVE no debería competir con Netflix ni con TikTok.
Debería ofrecer pensamiento, memoria, arte, debate serio y conocimiento.
En lugar de eso, se ha rendido al entretenimiento continuo. Hemos cambiado:
Y eso tiene consecuencias políticas directas:
una sociedad menos formada es más vulnerable a la manipulación.
una sociedad entretenida es una sociedad dócil.
Conclusión
Hubo una televisión que ayudó a construir la democracia.
Hoy tenemos una televisión que la gestiona.
No se ha perdido solo el teatro o el cine:
se ha perdido la ambición de formar ciudadanos críticos.
Y no ha ocurrido por accidente. Ha ocurrido porque resulta funcional al poder.
Una sociedad que no piensa es más fácil de gobernar.
Pero una sociedad que piensa es más difícil de controlar.
Por eso la televisión que hacía pensar fue lo primero que empezó a desaparecer.
Miguel Ángel Pedrosa Ruiz
Secretario general del partido político TÚ ELIGES
