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Alfredo Martin

Alfredo Martin

 “EL ETERNO POR QUÉ”

Se acercan las fiestas navideñas y sentimos la necesidad imperiosa de cumplir con los ritos itinerantes que nos impone la ortodoxia. Tenemos que acudir a los grandes almacenes para comprar esas prendas que tanto necesitamos, que tanto deseamos y que nos harán tan felices cuando los demás nos digan lo bien que bien nos sientan. Tenemos que visitar a los parientes, a aquellos que no hemos visto a lo largo del año ni hemos tenido interés, pero esta visita navideña será el rito de purificación que nos permitirá pasar otro año de la misma forma. Tenemos que hacer un derroche en la comida; en nuestra casa no puede faltar el marisco, el jamón, el turrón, el cava, todo aquello que esta religión ha elegido para nuestro gusto sin necesidad de ponerlo nosotros; en definitiva, esa comida tan placentera de la que acabará un alto porcentaje en la basura, en lo que tampoco repararemos, pues también parece ser otra de las necesidades cotidianas, otro rito.

Tenemos, en fin, que hacer un derroche de gastos durante un mes, lo que supondrá la purificación de los stocks de producción acumulados durante todo el año y abrirá un nuevo ciclo de nacimiento de nuestro dios: el dios del consumo. Es el becerro de oro al que hoy adoramos sin pararnos a pensar que con las sobras que tiramos en los países llamados ricos podrían alimentarse esas dos terceras partes de la humanidad que se mueren de hambre, de miseria e indignidad, además de someter a nuestro planeta a un deterioro por el que ya da signos de padecer un terrible cáncer. Si; ya se que damos limosnas a los necesitados de vez en cuando, lo que también forma parte de la ortodoxia, como cuando (según dicen) se exigía a los obreros chinos trabajar alguna hora más de forma gratuita para mandar el dinero a los trabajadores de Norteamérica, porque se morían de hambre.

Pero, qué nos respondería alguien a quién preguntáramos ¿por qué nos conducimos así? Cabe esperar que nos dijera simplemente: porque es Navidad y siempre ha sido así. Y es que, ya no podemos evitarlo, porque continuar, repetir esta liturgia innecesaria de consumo masivo, es la condición para que no paren las fábricas, para que no aumente el paro, porque no sabemos o no queremos conducirnos de otra forma sin prever que, en este maravilloso viaje interestelar, las propias estrellas no nos dejan ver las maravillas de la vía láctea.

No; siempre no ha sido así. Hubo una época en la que se aceptaba la finitud de la vida, en que se aceptaba la muerte de forma humilde, solemne: “Te alabo, oh Zeus, pues me acercas a ti ya viejo, cuando no puedo ver el cielo estrellado”. Hubo un tiempo en el que el ser humano tuvo su propia religión natural, sencilla, realista; que se preguntó por el “por qué” de las cosas desde su perspectiva humilde, personal, a pesar de que siempre hubo expertos fundidores de metales, chamanes, adivinos, sacerdotes de culto; en fin, los representantes del poder que ofrecían a los humildes la posibilidad de olvidarse de pensar, de dedicarse a trabajar para ellos y para quienes les ponían en lo alto de la pirámide social. Ellos ponían a Dios, aunque, seamos realistas porque desde siempre: el listo vive del tonto y el tonto de su tontería”. El problema está en que existe mucha gente que no tiene una tontería de la que vivir.

Sin embargo, es casi imposible pasar las fiestas navideñas sin pensar, aunque solo sea por unos instantes, en aquel por qué que arrastramos desde los inicios de la humanidad, si bien, y como decía Groucho Marx: “hemos salido de la nada para llegar a la última miseria”. Sí; hemos recorrido una larga etapa para darnos cuenta como Nietzche de que: “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”. Es inevitable seguir preguntándonos de vez en cuando un ¿por qué? que nos aterra desde siempre, aunque la riqueza nos lleve a creernos dioses y a construir pirámides monumentales para seguir siéndolo eternamente bajo ellas.

Hoy, las libertades del capitalismo y las no libertades del comunismo tienen al hombre aprisionado por igual en la religión consumista, solo que, los unos practicándola y los otros deseándola; en este paradigma parece que no hay ateos ni es necesaria la Inquisición, dado que la religión, ya formada y dotada de sus dogmas, pasa a ser un hecho cultural, de modo que incluso es bueno para la salud del alma el ir de compras a los grandes almacenes cuando nos sentimos deprimidos. Se verifica así que cumplir con la ortodoxia proporciona estabilidad emocional, nos permite cobijarnos bajo la protección de las normas sociales, nos alberga la conciencia colectiva, aunque esto sea tan distinto de lo que, solo a veces, nos recuerda nuestra conciencia individual.

Pero, existen otros momentos en los que también nos preguntamos ¿por qué? o, al menos, estamos tentados a ello: cuando comprobamos el saldo que arrojan nuestras cuentas bancarias después del usar las tarjetas para celebrar estas fiestas. Por un momento nos asaltan los negros presagios que arrojan esos saldos, pero, pronto, algo adormece los interrogantes que esa reflexión momentánea nos plantea: “el banco me pospone el pago de mis compras a tantos meses…”. Qué bien; incluso los logros de un sistema financiero tan moderno, refinado y sensible a los problemas que pueden atentar contra esta religión, vienen en nuestro socorro para evitar que una pregunta impertinente haga mella en nuestra conciencia. ¿Por qué tengo que preocuparme de las consecuencias de mis propias decisiones sobre consumo presente y consumo futuro? Faltaría más.

 Por si fuera poco, desde que un gobierno inventó la forma tan rentable de redistribuir socialmente la riqueza con la lotería de navidad (aunque lo hacía para financiar inminentes independentismos), vemos colas interminables que ocupan varias calles para poder adquirirla en una famosa administración de centro de Madrid. En ellas la gente tiene un comportamiento ejemplar; no se queja de nada y soporta el frío invernal con una paz y alegría indescriptibles, pues va a adquirir su billete, va a celebrar esa comunión que le da una alta probabilidad de que pronto posea su parcela de cielo. No es mala del todo esta forma de redistribución, porque es un impuesto voluntario para llenar las arcas de la hacienda. Por cierto, todos esperan que les toque “el gordo” para retirarse definitivamente del trabajo; ahora resulta que el trabajo es un mal social y el resultado del azar es lo deseable.

La metafísica es imposible como ciencia porque de Dios, del mundo y del alma no tenemos conocimiento empírico; pero, nos engañamos porque, indefectiblemente, algún día, queramos o no queramos, tendremos que reflexionar muy en serio sobre aquella proverbial sentencia de Pierre Gassendi: “Nací sin saber por qué. He vivido sin saber cómo. Y muero sin saber cómo ni por qué”.

                                                                                              Alfredo Martín Antona

ACERCA DE LA NECEDAD

                Este verano, cuando ardían nuestros montes, vimos por televisión a los empleados de una brigada que luchaba contra los incendios dar de beber agua de una botella a un ciervo ya exhausto en uno de los incendios de los montes de Castilla y León, mientras aparecían también montones de cuerpos de ovejas calcinadas. Es un espectáculo que se repite cada año sin que sepamos poner remedio.

                Según acomode, la responsabilidad es del cambio climático, de las sequías y de las olas de calor que este produce, desconocidas hasta ahora; de la acción del hombre, que tala, ensucia y degrada los montes en su pretendido provecho económico y para su diversión; de la actuación de las autoridades, que se olvidan de poner medidas necesarias para su conservación después de las elecciones, cuando pasan de ofrecer las mejores soluciones para los problemas a decir que “estos no vienen con manual de instrucciones”, como respondía una de las autoridades del ayuntamiento de Madrid ante la llegada de la reciente y cruel pandemia; de la enfermedad mental, del fanatismo, de la ignorancia… Pero existe una razón por encima de las demás que explica la existencia continuada de estos siniestros y de otros semejantes, y es que todos nos consideramos tan bien dotados de juicio y de buen criterio para dirigir nuestras acciones, que nos impide comprender que estamos produciendo una degradación continuada y sistemática del planeta que compromete nuestro futuro en él.

Esta degradación la empezaron los primeros Sapiens y su agricultura de roza al quemar grandes superficies de terreno para el cultivo una vez agotada la fertilidad de los campos anteriores. Con el paso del tiempo aprendieron que la agricultura necesitaba de la ganadería, creando las explotaciones mixtas agrícola-ganaderas, que producían un equilibrio ecológico estable con el aprovechamiento de los pastizales como alimento del ganado y el abonado de los terrenos con sus excrementos.

Ovejas y cabras han sido tan importantes para la humanidad que incluso la mitología hebrea nos confirma la hipótesis de que la agricultura y la ganadería se desarrollaron de forma complementaria a lo largo del tiempo. En el drama de Caín y Abel consta el enfrentamiento de dos hermanos, agricultor y ganadero respectivamente; en el sacrificio del hijo de Abrahán, en el que al final éste es sustituido por un cordero como víctima propiciatoria; en expresiones de la liturgia como “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”, etc. Observamos la gran importancia que dicha mitología da al ganado lanar y que se empeña en considerar a corderos y cabritos las víctimas inocentes que pagan con su vida las consecuencias de las malas acciones de los hombres además de servirles como alimento básico.

En España, país montañoso por excelencia, la trashumancia hizo que se aprovecharan durante varios siglos los pastos locales de la primavera y el verano, y los extensos pastizales de las extrema-duras en el otoño y el invierno de una forma racional y ecológica, a la vez que se evitaba a posibilidad de que el fuego arrasara extensiones tan enormes.

Yo nací en Soria, una tierra de churras y merinas, de cabras respingonas y de espigas menguadas y abrasadas por el sol, que expulsa en el otoño a ganados y a hombres por falta de hierbas y grano a pesar de las procesiones y las rogativas para que llueva. Soria ha estado tan llena de ovejas que ellas borraron la huella de sus primeras colonizaciones humanas al ocupar sus hogares y sepulcros para guarecerse a lo largo del tiempo. Cuando nací, mis padres vivían de la explotación de algunas tierras de labranza y de cuidar un pequeño rebaño de ovejas; en definitiva, de una hacienda agropecuaria de subsistencia, tan característica de las tierras de Castilla hasta muy avanzado el siglo veinte.

Pero, hoy el Sapiens Sapiens no siente respeto por los montes, ni por la naturaleza en general a pesar de que en momentos recientes se han recuperado varios sistemas ecológicos con técnicas de ingeniería y en zonas previamente devastadas por la mano del hombre. Según nos informan estos días, el 90 % de los fuegos que actualmente arrasan miles de hectáreas de montes los produce la mano del hombre voluntaria o involuntariamente.

Nuestros montes se utilizan cada vez más para actividades de recreo de una manera irresponsable como abrir sendas para pasear en bicicletas, en motos, y para disfrutar la gran potencia de los vehículos todo-terreno, mientras los llenamos de basura como sucede incluso en las ascensiones a los picos más altos y famosos del mundo. Mientras tanto, la actividad del pastoreo se ha reducido notablemente y los pastores que todavía quedan, viven sometidos al abandono político, a la irresponsabilidad y la ignorancia de las gentes del común, y a la acción de los lobos para los que se busca desesperadamente un lugar en la naturaleza que perdieron de forma irremediable.

Y en medio de esta hecatombe, cuando arden miles y miles de hectáreas de monte y el fuego devasta la riqueza forestal, los animales, y se acerca y amenaza a las gentes y sus casas; cuando se manifiesta de forma inexorable y palmaria la estulticia humana, vemos un gesto de solidaridad, de conmiseración humana, dando de beber de una botella a un ciervo exhausto, desorientado, desfallecido y a punto de perder la vida en medio de las llamas.

No puedo menos que preguntarme si seremos capaces de generalizar esta solidaridad, de devolver el respeto a la naturaleza, o dejaremos que la avaricia, el fanatismo y la ignorancia acaben con la supervivencia en el planeta azul, mientras estamos tan ocupados en debatir de cosas tan importantes apoyados en la barra del bar.

                                                                                                                

Alfredo Martín Antona

LOS KURGANES

La lingüista, antropóloga y arqueóloga lituana Marija Gimbutas investigó el origen y la expansión de las lenguas indoeuropeas a partir de culturas que ocupaban extensas zonas de las “estepas pónticas” de las actuales Ucrania y Rusia, al norte del Mar Negro. Para Gimbutas, esta zona era la cuna, el “Urheimat” indoeuropeo. Allí, las culturas que formarían el complejo kurgán se iniciaron durante el Neolítico en la cría y la domesticación del caballo y el perro para después expandirse hacia el oeste y arrasar a las culturas de “la Vieja Europa” de la Edad del Bronce, que habían iniciado pacíficamente el desarrollo de la agricultura en Europa saltando desde Anatolia y siguiendo la franja europea del loes al ritmo que les permitía avanzar en su rudimentaria agricultura de roza.

Pero, Gimbutas tuvo que interrumpir sus estudios debido a la invasión rusa de Lituania durante la Segunda Guerra Mundial, y los continuó una vez que se nacionalizó estadounidense tras conocer de primera mano los efectos del comunismo en su país. A través del parentesco de las lenguas indoeuropeas (de las que descienden las actuales de Europa y gran  parte de todo el mundo); de los ajuares funerarios indoeuropeos en los montículos denominados  kurganes; y de los restos óseos de poblaciones pacíficas de la zona de los Balcanes perforados por sus armas, dedujo “La Hipótesis de los kurganes”, intentando demostrar que la expansión indoeuropea desde las estepas fue guerrera, devastadora de las culturas que encontró a su paso que, procedentes de la evolución de culturas aparecidas al final del Paleolítico y la retirada del hielo, conservaban tradiciones ideológicas matriarcales como la adoración a “la gran diosa”, como demostraban los miles de estatuillas halladas en sus excavaciones.

El resultado fue que las culturas matriarcales de la Europa inicial fueron arrasadas por un conglomerado cultural patriarcal y cruel que marcaría el futuro: los indoeuropeos. Nuestra autora resultó tan influida por sus hallazgos que pasó a integrarse en la lucha de los movimientos de defensa del feminismo y el pacifismo actual en Norteamérica.

Tras aculturizar las zonas de su entorno, el conglomerado kurgán salió de las estepas en dirección este hasta dominar a las culturas danubianas especializadas en la metalurgia, como la de Cucuteni y otras, a cambio quizás de los productos secundarios de su ganadería, para luego caer de golpe sobre el entorno balcánico. Pero, pensamos, ¿qué determinó su agresividad? ¿por qué pasaron desde el IV milenio a. C. aproximadamente de ser culturas pastoriles a guerreras y a traer a la incipiente Europa el dominio del hombre, el patriarcado?

El arqueólogo y antropólogo británico A. Colin Renfrew propuso un Urheimat proto-indoeuropeo en Anatolia anterior en 2000 años a la propuesta de Gimbutas. Desde allí, los indoeuropeos habrían difundido pacíficamente sus lenguas y habrían difundido la revolución agropecuaria del Neolítico, oponiéndose a la hipótesis de Gimbutas. A. G. Sherratt, arqueólogo y antropólogo, también publicó su obra acerca de la “revolución de los productos secundarios” en este ambiente investigador de muy avanzado el siglo XX, demostrando la revolución causada por el paso de la economía de subsistencia a la de excedente al aprovechar los productos o derivados de la domesticación de los animales y de la agricultura extensiva.

Pero, se dieron muchas propuestas sobre el Urheimat indoeuropeo y, entre otros, el lingüista y arqueólogo alemán Gustaf Cossinna, propuso “el Urheimat indoeuropeo báltico” a partir de culturas como la Cerámica Cordada. Allí habría aparecido una raza superior, la raza aria que, en sucesivas migraciones, portando su esvástica (símbolo que tomaría el nazismo), habían colonizado Europa. Así habían nacido los pueblos germánicos e indoeuropeos y así influyó en el nazismo…, y en sus consecuencias para la Europa de medido el siglo XX.

El mitólogo y filólogo francés George Dumézil estudió la denominada “trifuncionalidad indoeuropea” contenida en sus mitos. En su obra: “Los dioses soberanos de los indoeuropeos” (1985) propone que estos desarrollaron una sociedad basada en tres castas, tres estamentos sociales, donde cada uno tenía su función específica. Esta trifuncionalidad, estudiada ya antes por varios autores, llego a Europa, como la ideología patriarcal indoeuropea, y recorrió toda la Edad Media con su esquema de estratificación social de los “Ordines medievales”: (oratores) los que rezan, (bellatores) los que combaten, y (laboratores) los que trabajan. Una etapa que merece la pena estudiar con detenimiento y un esquema en el que, con diferencias y matices, paree que todavía continuamos, a pesar de haber superado el modo de producción feudal.

Al final se imponía la hipótesis de M. Gimbutas y así lo reconocía Renfrew en lo referente a las migraciones de las lenguas y el salvajismo indoeuropeo. En noviembre de 2017 Renfrew dio una conferencia en la Universidad de Chicago en homenaje a Gimbutas después de haber estado durante más de cuarenta años enfrentados con sus hipótesis. En ella reconocía la validez de la propuesta de la expansión de las lenguas indoeuropeas a partir del Urheimat de las Estepas pónticas propuesto por Gimbutas a través de invasiones kurganes desde el tercer milenio a. C.: “Creo que la hipótesis de los kurganes de Marija Gimbutas ha sido magníficamente vindicada”.

Hoy la barbarie vuelve a estallar en las estepas pónticas. ¿Se trata del inicio de una nueva expansión kurgán? Humberto Maturana, recientemente fallecido, decía: “Yo pienso y propongo que la cultura patriarcal se originó fuera de Europa, en el Asia Central, al surgir el pastoreo y el concepto de apropiación. Esto produjo la lucha contra el lobo, pues este animal necesitaba para sobrevivir los animales migratorios de los que también dependía el hombre. Y así aparece la primera dinámica que dio origen a esta enemistad. Más tarde, el enemigo ya no era el lobo, sino cualquier otro, al que se excluirá para apropiarse de algo. De esta forma, en la defensa del ganado se cambiaron las emociones. Se perdió toda la confianza en la dinámica de lo natural y se comenzó a vivir del miedo y del control”.

Al menos, ya tenemos una respuesta acerca de qué despertó la agresividad.

                                                                                                             

     Alfredo Martín Antona

UN PARAISO PERDIDO

He leído recientemente que Albert Einstein dijo: “Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad”. También es suya la frase: “El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento que no se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar”. Efectivamente, los logros de la tecnología actual y, sobre todo, para la guerra, han superado cotas tan elevadas, que la eliminación definitiva de la especie humana está en las manos de algún demente que apriete el botón que haga estallar el planeta, dado el terrible arsenal bélico de que se dispone. Sin embargo, es tan difícil justificar la necesidad de la guerra como la que llamamos racionalidad de la especie humana, hoy a punto de saltar hacia el Sapiens, Sapiens, Sapiens. Qué decepción, ahora que conocemos científicamente que los Neandertales no fueron eliminados por los primeros Sapiens, sino que desaparecieron como especie por otras causas.

La guerra ha sido siempre la sinrazón y, por lo tanto, no hay razón que la justifique. La razón impele siempre y en todo caso a evitarla, porque detrás y delante de ella no hay más que avaricia, barbarie y degradación moral, lo que lleva al ser humano a hundirse en su proceso de hominización. Los historiadores, geógrafos y filósofos de la Antigüedad ya la atribuían a la avaricia, al aumento del poder y la dominación humana para la adquisición de mano de obra esclava y para satisfacer los instintos más crueles sobre las mujeres de los pueblos vencidos. Del imperio persa leemos sus conquistas y su desaparición como un fenómeno normal para su época. Qué decir de las conquistas del macedonio Alejandro Magno; de su relación y de su correspondencia con Aristóteles; de su muerte temprana y de la crueldad de sus generales en el reparto de sus conquistas. Qué decir de hombres como catón el Viejo, tan rígido en su vida personal respecto a los valores de Roma, que por una parte obligó a su propia esposa a dar de mamar a los hijos de sus esclavos y por otra repetía incansablemente ante el Senado aquello de “Carthago delenda est”.

La guerra parece ser consustancial a la especie humana y se ha llegado a definir como la forma de entenderes cuando falla la razón. Es interesante que incluso Aristóteles justifique la existencia de la esclavitud en una época en que escuelas y pensadores extendían doctrinas espléndidas sobre la moral como fruto maduro de la reflexión y de las necesidades de la vida personal y comunitaria. Os confieso que la mejor denuncia de la crueldad la he leído en unas pocas frases de la obra de San Agustín, ya hacia el 400 d. C.

Si; la actividad de producción y venta de armas es altamente rentable a escala mundial pues, incluso aquellos que gobernando se consideran pacifistas y son preguntados por qué vendemos armas precisamente al pueblo enemigo de aquel al que defendemos, contestan evadiéndose que son pocas y que sirven para unas funciones auxiliares, o algo así. Al inicio de nuestra democracia, la pretendida izquierda convencía con el slogan “OTAN no, bases fuera”, pero el resultado fue que desde entonces pertenecemos a la OTAN y que los bombarderos norteamericanos repostaban en las bases españolas durante la Guerra del Golfo. Esta dinámica es imparable; alguien se encarga continuamente de agitar los mercados para dar salida a las armas producidas y mantenidas en stocks, o las sobrantes de una guerra que ya no interesa continuar, mientras nuevos procesos de I-D consiguen nuevos productos exitosos que ofrecer a los clientes; es decir, mucho más mortíferos. Esto hace que dicha producción armamentística cotice en Bolsa desde hace mucho tiempo para enriquecer a determinados inversores, muchos de ellos con información privilegiada, más que probablemente.                           

Todavía resuenan en mi mente unas frases que oí de joven dentro de un contexto más amplio y que tiendo a repetir sin el menor recato intentando no perder su sentido: “el estado actual de las cosas que se ciernen sobre la humanidad no es achacable solo y básicamente al juego de las veleidades políticas, sino a las debilidades de la naturaleza humana”. Y así, resulta que, mientras los países “ricos e industrializados” nos entretenemos en la insistente perfección y en la capacidad destructiva de las armas, las dos terceras partes de la humanidad mueren de hambre, miseria e indignidad, sin que el desarrollo del cerebro humano llegue a un estado que le permita plantearse una solución definitiva contra tan brutal genocidio, aunque contamos con instituciones supranacionales que intentan razonar antes de llegar a las manos.

Los que ya hemos cumplido algunos años hemos oído hablar a nuestros padres de las calamidades de nuestra propia guerra civil, donde las armas nacionales no eran suficientes y se complementaban con las importadas por ambos bandos para matarse entre hermanos. Aún recuerdo de niño que a mi padre le afloraban en la frente unas bolsitas con restos de metralla que le extraíamos con mucho cuidado y que eran resultado de la sinrazón que le llevó a tomar parte en aquella salvajada sin saber lo que defendía. Hoy parecemos olvidarnos de nuestro pasado, como si fuera tarea de los historiadores, pero sigamos recordando a Einstein: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. Recuerdo las palabras del ilustre maestro y político Julio Anguita tras la muerte de su hijo periodista en una guerra: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.

                Es reveladora la carta que escribió Albert Einstein a Sigmund Freud en julio de 1934 preguntándole, en su condición de psiquiatra, si el hombre podría librarse de la guerra:

                “Querido profesor Freud: ¿Existe algún medio que permita al hombre librarse de la amenaza de la guerra? En general se reconoce hoy que, con los adelantos de la ciencia, el problema se ha convertido en una cuestión de vida o muerte para la humanidad civilizada; y, sin embargo, los ardientes esfuerzos desplegados con miras a resolverlo han fracasado hasta ahora de manera lamentable...

                A la que Sigmund Freud contestó: Comienza usted planteando la cuestión del derecho y la fuerza. Es ése, sin duda alguna, el punto de partida de nuestra investigación. ¿Me permite usted que reemplace el término "fuerza" por el más incisivo y duro de "violencia"? Derecho y violencia son actualmente para nosotros una antinomia. Resulta muy fácil demostrar que el primero deriva de la segunda…

                Las dos cartas se pueden leer íntegramente en Internet y son la demostración palpable de que dos de los cerebros más privilegiados que ha dado la humanidad se declaran incapaces de comprender cómo el ser humano se manifiesta capaz de realizar de forma voluntaria unas experiencias tan execrables como la guerra. Esperemos, como nos viene a decir Freud en otra obra, que el cerebro humano supere los estadios de desarrollo que le permitan conseguir fines más honrosos y que le caractericen más como un ser “humano”.

                                                                                                                                           Alfredo Martín Antona

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