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UN LLAMAMIENTO DESESPERADO

Destacado UN LLAMAMIENTO DESESPERADO

Francia. Abril de 1793. La cabeza de Luis XVI, cual balón de fútbol en Qatar, ya había rodado en la guillotina. La reina María Antonieta y su pequeño heredero al trono (de ocho añitos mal cumplidos) aguardaban su turno de afeitado en seco en la lúgubre prisión parisina de La Conciergerie. Los nobles se habían exiliado. El clero estaba purgado. Francia, desde hacía un lustro, seguía en plena efervescencia revolucionaria.

En ese 1793, la Primera República Francesa era gobernada desde la Convención, un parlamento elegido por sufragio universal masculino que estaba dividido en tres sensibilidades políticas: la izquierda jacobina de Marat y Robespierre (los minoritarios), la derecha girondina de Vergniaud (la segunda en número de diputados) y el sector centrista de Dantón (el de mayor número de escaños). Todos los diputados de la Convención habían participado en el derrocamiento de la Monarquía Absoluta. Todos, tras fuertes dolores de cabeza, habían tomado la Bastilla (de Baracetamol). Todos eran héroes. Todos eran gente dura, revolucionarios intachables, ciudadanos leales a Francia, republicanos burgueses de pro. Todos eran anticlericales. Todos habían votado la muerte del rey.

Les separaban cuestiones menores de índole económica, filosófica y social. Pero la intolerante izquierda jacobina de Robespierre (los minoritarios) no se conformaba con haber perdido las elecciones: quería el poder absoluto. Y así, aliándose con lo peorcito de la sociedad parisina (delincuentes, falsificadores, carteristas, perroflautas, ex–convictos, violadores, asesinos, contrabandistas, psicópatas, terroristas, estafadores…)  se propuso asaltar el Estado, apoderarse lentamente de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y eliminar físicamente al resto de los diputados de la Convención.

En ese abril de 1793, faltaba un mes para que triunfara el violento Golpe de Estado jacobino y se instaurara el periodo denominado “El Gran Terror Revolucionario”. Fue una dictadura cuasi personal de Robespierre que sólo duró catorce meses (hasta julio de 1794), pero en la que dio tiempo a asesinar a 40000 franceses acusados de “tibieza revolucionaria” (6000 en la guillotina, entre ellos casi todos los diputados opositores de la Convención).

En ese abril de 1793, el baño de sangre se venía venir. Los jacobinos ya hacían circular abiertamente las listas de “elementos indeseables”, y sus secuaces tomaban las calles y amenazaban a los transeúntes. Mientras, la mayoría social parisina se mantenía silenciosa y acobardada en sus casas.

Horroroso, lector. Horroroso. Una situación más peligrosa que un cirujano con hipo. Cagoensanpitopato.

En ese estado de cosas, un diputado del sector girondino (Jérome Pétion), cuyo nombre también rulaba en los amenazadores papeles jacobinos, hizo la siguiente desesperada advertencia:

<<Valientes habitantes de Paris: tened cuidado, no tenéis ni un instante que perder para detener el progreso de los malvados. Vuestras propiedades están amenazadas por un amasijo de bandidos, y cerráis los ojos ante este peligro. Se estimula la guerra entre quienes tienen y quienes no tienen, y no hacéis nada para prevenirla. Algunos intrigantes os dictan la Ley, os arrastran a medidas desconsideradas y desatinadas, y no tenéis el coraje de resistiros. Veis el aniquilamiento de Paris por una banda de charlatanes desaforados, y seguís tan tranquilos. Se ejercen contra vosotros todo tipo de inquisiciones, y las sufrís con paciencia. Sólo son quinientos o seiscientos hombres malvados, una tropilla vil de miserables, los unos delirando, los otros cubiertos de crímenes, la mayor parte sin medios de subsistencia conocidos, los que se extienden por doquier, ladrando entre los grupos, jurando, amenazando, no hablando más que de pillajes, ejerciendo el más odioso despotismo sobre casi setecientos mil buenos ciudadanos parisinos. La posteridad no podrá creerlo. ¡Republicanos! ¡Parisinos! ¡Preparaos! ¡La dictadura está cerca, y habrá sangre! ¡Salid al fin de vuestro letargo y obligad a volver a su guarida a estos insectos venenosos!>>.

Bueno, lector. Hasta aquí la advertencia del diputado girondino Jérome Pétion, realizada en abril de 1793, un par de meses antes de que Robespierre le afeitara el cuello desde atrás. Qué cabrón. Digo Robespierre, no Pétion.

Pero ahora no sé por qué te he contado todas estas cosas tan antiguas, ni a santo de qué venían. Será el Alzheimer.

Cagoentóloquesemenea y mitad del cuarto más.

Firmado:

Juan Manuel Jimenez Muñoz.

Club de Amigos de Robespierre.

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