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Alfredo Martin

Alfredo Martin

LOS KURGANES

La lingüista, antropóloga y arqueóloga lituana Marija Gimbutas investigó el origen y la expansión de las lenguas indoeuropeas a partir de culturas que ocupaban extensas zonas de las “estepas pónticas” de las actuales Ucrania y Rusia, al norte del Mar Negro. Para Gimbutas, esta zona era la cuna, el “Urheimat” indoeuropeo. Allí, las culturas que formarían el complejo kurgán se iniciaron durante el Neolítico en la cría y la domesticación del caballo y el perro para después expandirse hacia el oeste y arrasar a las culturas de “la Vieja Europa” de la Edad del Bronce, que habían iniciado pacíficamente el desarrollo de la agricultura en Europa saltando desde Anatolia y siguiendo la franja europea del loes al ritmo que les permitía avanzar en su rudimentaria agricultura de roza.

Pero, Gimbutas tuvo que interrumpir sus estudios debido a la invasión rusa de Lituania durante la Segunda Guerra Mundial, y los continuó una vez que se nacionalizó estadounidense tras conocer de primera mano los efectos del comunismo en su país. A través del parentesco de las lenguas indoeuropeas (de las que descienden las actuales de Europa y gran  parte de todo el mundo); de los ajuares funerarios indoeuropeos en los montículos denominados  kurganes; y de los restos óseos de poblaciones pacíficas de la zona de los Balcanes perforados por sus armas, dedujo “La Hipótesis de los kurganes”, intentando demostrar que la expansión indoeuropea desde las estepas fue guerrera, devastadora de las culturas que encontró a su paso que, procedentes de la evolución de culturas aparecidas al final del Paleolítico y la retirada del hielo, conservaban tradiciones ideológicas matriarcales como la adoración a “la gran diosa”, como demostraban los miles de estatuillas halladas en sus excavaciones.

El resultado fue que las culturas matriarcales de la Europa inicial fueron arrasadas por un conglomerado cultural patriarcal y cruel que marcaría el futuro: los indoeuropeos. Nuestra autora resultó tan influida por sus hallazgos que pasó a integrarse en la lucha de los movimientos de defensa del feminismo y el pacifismo actual en Norteamérica.

Tras aculturizar las zonas de su entorno, el conglomerado kurgán salió de las estepas en dirección este hasta dominar a las culturas danubianas especializadas en la metalurgia, como la de Cucuteni y otras, a cambio quizás de los productos secundarios de su ganadería, para luego caer de golpe sobre el entorno balcánico. Pero, pensamos, ¿qué determinó su agresividad? ¿por qué pasaron desde el IV milenio a. C. aproximadamente de ser culturas pastoriles a guerreras y a traer a la incipiente Europa el dominio del hombre, el patriarcado?

El arqueólogo y antropólogo británico A. Colin Renfrew propuso un Urheimat proto-indoeuropeo en Anatolia anterior en 2000 años a la propuesta de Gimbutas. Desde allí, los indoeuropeos habrían difundido pacíficamente sus lenguas y habrían difundido la revolución agropecuaria del Neolítico, oponiéndose a la hipótesis de Gimbutas. A. G. Sherratt, arqueólogo y antropólogo, también publicó su obra acerca de la “revolución de los productos secundarios” en este ambiente investigador de muy avanzado el siglo XX, demostrando la revolución causada por el paso de la economía de subsistencia a la de excedente al aprovechar los productos o derivados de la domesticación de los animales y de la agricultura extensiva.

Pero, se dieron muchas propuestas sobre el Urheimat indoeuropeo y, entre otros, el lingüista y arqueólogo alemán Gustaf Cossinna, propuso “el Urheimat indoeuropeo báltico” a partir de culturas como la Cerámica Cordada. Allí habría aparecido una raza superior, la raza aria que, en sucesivas migraciones, portando su esvástica (símbolo que tomaría el nazismo), habían colonizado Europa. Así habían nacido los pueblos germánicos e indoeuropeos y así influyó en el nazismo…, y en sus consecuencias para la Europa de medido el siglo XX.

El mitólogo y filólogo francés George Dumézil estudió la denominada “trifuncionalidad indoeuropea” contenida en sus mitos. En su obra: “Los dioses soberanos de los indoeuropeos” (1985) propone que estos desarrollaron una sociedad basada en tres castas, tres estamentos sociales, donde cada uno tenía su función específica. Esta trifuncionalidad, estudiada ya antes por varios autores, llego a Europa, como la ideología patriarcal indoeuropea, y recorrió toda la Edad Media con su esquema de estratificación social de los “Ordines medievales”: (oratores) los que rezan, (bellatores) los que combaten, y (laboratores) los que trabajan. Una etapa que merece la pena estudiar con detenimiento y un esquema en el que, con diferencias y matices, paree que todavía continuamos, a pesar de haber superado el modo de producción feudal.

Al final se imponía la hipótesis de M. Gimbutas y así lo reconocía Renfrew en lo referente a las migraciones de las lenguas y el salvajismo indoeuropeo. En noviembre de 2017 Renfrew dio una conferencia en la Universidad de Chicago en homenaje a Gimbutas después de haber estado durante más de cuarenta años enfrentados con sus hipótesis. En ella reconocía la validez de la propuesta de la expansión de las lenguas indoeuropeas a partir del Urheimat de las Estepas pónticas propuesto por Gimbutas a través de invasiones kurganes desde el tercer milenio a. C.: “Creo que la hipótesis de los kurganes de Marija Gimbutas ha sido magníficamente vindicada”.

Hoy la barbarie vuelve a estallar en las estepas pónticas. ¿Se trata del inicio de una nueva expansión kurgán? Humberto Maturana, recientemente fallecido, decía: “Yo pienso y propongo que la cultura patriarcal se originó fuera de Europa, en el Asia Central, al surgir el pastoreo y el concepto de apropiación. Esto produjo la lucha contra el lobo, pues este animal necesitaba para sobrevivir los animales migratorios de los que también dependía el hombre. Y así aparece la primera dinámica que dio origen a esta enemistad. Más tarde, el enemigo ya no era el lobo, sino cualquier otro, al que se excluirá para apropiarse de algo. De esta forma, en la defensa del ganado se cambiaron las emociones. Se perdió toda la confianza en la dinámica de lo natural y se comenzó a vivir del miedo y del control”.

Al menos, ya tenemos una respuesta acerca de qué despertó la agresividad.

                                                                                                             

     Alfredo Martín Antona

UN PARAISO PERDIDO

He leído recientemente que Albert Einstein dijo: “Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad”. También es suya la frase: “El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento que no se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar”. Efectivamente, los logros de la tecnología actual y, sobre todo, para la guerra, han superado cotas tan elevadas, que la eliminación definitiva de la especie humana está en las manos de algún demente que apriete el botón que haga estallar el planeta, dado el terrible arsenal bélico de que se dispone. Sin embargo, es tan difícil justificar la necesidad de la guerra como la que llamamos racionalidad de la especie humana, hoy a punto de saltar hacia el Sapiens, Sapiens, Sapiens. Qué decepción, ahora que conocemos científicamente que los Neandertales no fueron eliminados por los primeros Sapiens, sino que desaparecieron como especie por otras causas.

La guerra ha sido siempre la sinrazón y, por lo tanto, no hay razón que la justifique. La razón impele siempre y en todo caso a evitarla, porque detrás y delante de ella no hay más que avaricia, barbarie y degradación moral, lo que lleva al ser humano a hundirse en su proceso de hominización. Los historiadores, geógrafos y filósofos de la Antigüedad ya la atribuían a la avaricia, al aumento del poder y la dominación humana para la adquisición de mano de obra esclava y para satisfacer los instintos más crueles sobre las mujeres de los pueblos vencidos. Del imperio persa leemos sus conquistas y su desaparición como un fenómeno normal para su época. Qué decir de las conquistas del macedonio Alejandro Magno; de su relación y de su correspondencia con Aristóteles; de su muerte temprana y de la crueldad de sus generales en el reparto de sus conquistas. Qué decir de hombres como catón el Viejo, tan rígido en su vida personal respecto a los valores de Roma, que por una parte obligó a su propia esposa a dar de mamar a los hijos de sus esclavos y por otra repetía incansablemente ante el Senado aquello de “Carthago delenda est”.

La guerra parece ser consustancial a la especie humana y se ha llegado a definir como la forma de entenderes cuando falla la razón. Es interesante que incluso Aristóteles justifique la existencia de la esclavitud en una época en que escuelas y pensadores extendían doctrinas espléndidas sobre la moral como fruto maduro de la reflexión y de las necesidades de la vida personal y comunitaria. Os confieso que la mejor denuncia de la crueldad la he leído en unas pocas frases de la obra de San Agustín, ya hacia el 400 d. C.

Si; la actividad de producción y venta de armas es altamente rentable a escala mundial pues, incluso aquellos que gobernando se consideran pacifistas y son preguntados por qué vendemos armas precisamente al pueblo enemigo de aquel al que defendemos, contestan evadiéndose que son pocas y que sirven para unas funciones auxiliares, o algo así. Al inicio de nuestra democracia, la pretendida izquierda convencía con el slogan “OTAN no, bases fuera”, pero el resultado fue que desde entonces pertenecemos a la OTAN y que los bombarderos norteamericanos repostaban en las bases españolas durante la Guerra del Golfo. Esta dinámica es imparable; alguien se encarga continuamente de agitar los mercados para dar salida a las armas producidas y mantenidas en stocks, o las sobrantes de una guerra que ya no interesa continuar, mientras nuevos procesos de I-D consiguen nuevos productos exitosos que ofrecer a los clientes; es decir, mucho más mortíferos. Esto hace que dicha producción armamentística cotice en Bolsa desde hace mucho tiempo para enriquecer a determinados inversores, muchos de ellos con información privilegiada, más que probablemente.                           

Todavía resuenan en mi mente unas frases que oí de joven dentro de un contexto más amplio y que tiendo a repetir sin el menor recato intentando no perder su sentido: “el estado actual de las cosas que se ciernen sobre la humanidad no es achacable solo y básicamente al juego de las veleidades políticas, sino a las debilidades de la naturaleza humana”. Y así, resulta que, mientras los países “ricos e industrializados” nos entretenemos en la insistente perfección y en la capacidad destructiva de las armas, las dos terceras partes de la humanidad mueren de hambre, miseria e indignidad, sin que el desarrollo del cerebro humano llegue a un estado que le permita plantearse una solución definitiva contra tan brutal genocidio, aunque contamos con instituciones supranacionales que intentan razonar antes de llegar a las manos.

Los que ya hemos cumplido algunos años hemos oído hablar a nuestros padres de las calamidades de nuestra propia guerra civil, donde las armas nacionales no eran suficientes y se complementaban con las importadas por ambos bandos para matarse entre hermanos. Aún recuerdo de niño que a mi padre le afloraban en la frente unas bolsitas con restos de metralla que le extraíamos con mucho cuidado y que eran resultado de la sinrazón que le llevó a tomar parte en aquella salvajada sin saber lo que defendía. Hoy parecemos olvidarnos de nuestro pasado, como si fuera tarea de los historiadores, pero sigamos recordando a Einstein: “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. Recuerdo las palabras del ilustre maestro y político Julio Anguita tras la muerte de su hijo periodista en una guerra: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.

                Es reveladora la carta que escribió Albert Einstein a Sigmund Freud en julio de 1934 preguntándole, en su condición de psiquiatra, si el hombre podría librarse de la guerra:

                “Querido profesor Freud: ¿Existe algún medio que permita al hombre librarse de la amenaza de la guerra? En general se reconoce hoy que, con los adelantos de la ciencia, el problema se ha convertido en una cuestión de vida o muerte para la humanidad civilizada; y, sin embargo, los ardientes esfuerzos desplegados con miras a resolverlo han fracasado hasta ahora de manera lamentable...

                A la que Sigmund Freud contestó: Comienza usted planteando la cuestión del derecho y la fuerza. Es ése, sin duda alguna, el punto de partida de nuestra investigación. ¿Me permite usted que reemplace el término "fuerza" por el más incisivo y duro de "violencia"? Derecho y violencia son actualmente para nosotros una antinomia. Resulta muy fácil demostrar que el primero deriva de la segunda…

                Las dos cartas se pueden leer íntegramente en Internet y son la demostración palpable de que dos de los cerebros más privilegiados que ha dado la humanidad se declaran incapaces de comprender cómo el ser humano se manifiesta capaz de realizar de forma voluntaria unas experiencias tan execrables como la guerra. Esperemos, como nos viene a decir Freud en otra obra, que el cerebro humano supere los estadios de desarrollo que le permitan conseguir fines más honrosos y que le caractericen más como un ser “humano”.

                                                                                                                                           Alfredo Martín Antona

¿ES CARA O BARATA LA ENERGÍA EN ESPAÑA?

Durante el año que ahora declina hemos comprobado un deterioro de la capacidad de compra que, como siempre, afecta agudamente a las economías domésticas más precarias. Su causa está en la subida generalizada y sostenida de los precios de los inputs energéticos, de los derivados de los hidrocarburos y de la electricidad; unos inputs que, además, son importados en su gran mayoría. Escucho las quejas en mis conversaciones, pero no observo una respuesta en la calle ni considero, con toda prudencia, que exista un comportamiento consistente de los consumidores ante problemas como el que ciertas familias tengan que pensarse muy bien a qué hora ponen en marcha la lavadora para que la factura de la luz no les saque la piel a tiras, mientras las empresas productoras y suministradoras del sector (y entidades a las que en otros momentos preocuparía el asunto de forma alarmante) continúan a lo suyo como si abundara el petróleo bajo nuestros pies, aunque nos dicen que están poniendo medidas.

Sin entrar en las causas de dicha escalada (fácil explicar por otra parte, aunque lo que la gente necesita son soluciones), observo que los precios siguen subiendo y que aquí, dicho en términos vulgares: “ni cenamos ni se muere el padre”. Puedo entender que los que ofrecen felicidad al pueblo se mantengan al pairo, pero me pregunto ¿cómo es posible semejante falta de contestación de la ciudadanía, y más, cuando existen las instituciones pertinentes a las que recurrir para convocar y organizar las acciones y actos precisos? Pero, debo estar equivocado, pues estas instituciones siempre cumplen su papel y están alerta en su tarea de defender a los humildes, y mucho más en determinados contextos sociopolíticos. Pero ¿hemos olvidado que también existen formas de comportamiento individual que demuestran nuestra consistencia como consumidores? Quizás el devenir ha cambiado la sociología de nuestro país y ahora se lleva otra forma de comportarnos. ¿Somos ya tan ricos todos que no necesitamos reivindicar nada; solo envolvernos en la capa de la eterna queja gravada en nuestros genes y proponer tantas y tan diferentes soluciones como personas existimos en este país?

En mis tiempos mozos, la inflación erosionó a las economías con dos tremendos shocks de oferta de los hidrocarburos. Las economías dotadas de flexibilidad de precios y salarios ( por ejemplo, Norteamérica) se ajustaron pronto creando paro a corto plazo y recuperando el empleo a medio; pero las economías rígidas en precios y salarios (el modelo keynesiano, como fue el caso de España) no pudieron despedir a corto plazo y situar a las empresas en su nuevo óptimo de producción. Con ello, la espiral de costes se trasladó a salarios y precios con efectos más perniciosos y más duraderos. En unos momentos en los que en nuestro país accedía a la Democracia, el malestar sí que salió a la calle, orientado por unas instituciones que clamaban al cielo por los intereses de los más débiles. Al final se llegó a un nuevo equilibrio a costa de unas tasas de paro eternas que alejan mucho de la tasa de empleo friccional y que parecen ser, por su duración, tasas de empleo natural.

Por entonces, la Curva de Phillips se empeñaba en demostrar la relación inversa entre ciertas dosis de inflación y desempleo, lo que hacía necesarias las inyecciones de dinero para calentar la economía hasta llevar al empleo a niveles aceptables, pero vigilando la estabilidad de precios.  Otros autores negaban tales efectos positivos de la inflación sobre el empleo en una polémica interesantísima y muy fructífera entre las escuelas de economía. Sin embargo, no aprendimos aquí la lección sobre la rigidez de precios y salarios, y no entendimos, o no quisimos entender, la necesidad de dotarnos de políticas energéticas para que los shocks de oferta de los hidrocarburos no nos pillaran otra vez en calzoncillos. Y esto, en un momento en el que las entradas de divisas por turismo compensaban la salida en dólares por los inputs energéticos en nuestro país, lo que se acabaría pronto. Y en calzoncillos no han pillado.

Otros países, como China, sí que aprendieron la necesidad de crear fuentes de energía dentro del país y, en consecuencia, China modificó la cuenca del río Yangtsé haciendo una obra descomunal para construir la presa de las Tres Gargantas, con un potencial de generación de energía eléctrica brutal, entre el final del siglo pasado y los inicios de este. Por fin, el cerebro de los Sapiens se ha dado cuenta de que los coches pueden funcionar con electricidad, después de ver pasar delante de nosotros los trenes eléctricos durante ciento cuarenta años, con el permiso de las transnacionales petrolíferas, aunque tenemos que aprender a reciclar sus baterías agotadas para evitar otro problema medioambiental.

La brutal crisis económica padecida en los inicios de este siglo parece haberse debido fundamentalmente a la continua creación de dinero, a los excesos de oferta monetaria en el sistema que absorbía la inversión en el sector inmobiliario como motor de la economía. Otra vez se ensayaban las propuestas de la Curva de Phillips, hasta que, por fin, reventó la burbuja inmobiliaria pillando a la autoridad monetaria y al gobierno de turno “con esos pelos”, pero sabiendo lo que hacían. Alguno de los economistas dedicado entonces a la política y que hoy desempeña un puesto importante decía que “había que aprender de los errores cometidos”; no recordaba que, respecto al dinero, ya lo habían previsto los monetaristas más prestigiosos en el siglo XIX: “el dinero debe manejarse con mano férrea”.

                Si; los ciudadanos también tenemos algo que decir con nuestro comportamiento ante el deterioro que hoy acecha a nuestra cesta de la compra. Mis circunstancias personales me permiten utilizar muy poco el coche y comprendo a aquellos para quienes es necesario su uso diario. Pero, no todos estamos en esa situación y podemos evitar el chorreo de euros que sufre nuestra débil economía familiar, y el chorreo de dólares que salen de España para pagar las importaciones de hidrocarburos, adaptando nuestro consumo a unas necesidades racionales. Se trata de la necesidad de un comportamiento racional por parte de cada consumidor que informe a las empresas monopolistas u oligopolistas de que no pueden fijar los precios en las condiciones que pretenden sin esperar una respuesta.

                Yo, para concienciarme de nuevo, voy a releer un libro muy útil al respecto editado en los años setenta del siglo pasado. “Voz, salida y lealtad”, de Albert O. Hirschman, que orienta sobre el asunto, porque mientras sigamos comprando a los mismos niveles, los vendedores de esos productos tendrán razones para pensar que sus productos siguen siendo baratos al existir una masa monetaria que los soporta sin quejas, que mantiene sus ventas como si no pasara nada.

                                                                                                                              Alfredo Martín Antona

SOBRE ESOS PENSAMIENTOS FALSOS

He leído el artículo publicado recientemente en este mismo medio por D. Ángel Luis Cancela acerca de “la existencia de pensamientos falsos, bloqueantes, que crean fronteras, que impiden y estorban el avance y crecimiento de la ciencia, del conocimiento, y de la conciencia”. Es un tema sugerente por su interés informativo y didáctico, que me invita a reflexionar, a pesar de mis escasos recursos de sentido común y todavía menores sobre psicología. Sin embargo, retrotrayéndome a cuando se inventó la rueda, como cariñosamente me critica mi hija, me atrevo a hacer algunas consideraciones al respecto, pues, el hecho de que se escriba sobre la existencia de este tipo de pensamientos supone de facto que un gran número de personas los padecemos y me pregunto ¿por qué los elaboramos? 

Por ejemplo, cuando se piensa “esto es imposible” se mata la posibilidad del paso de la potencia al acto, además de la esperanza, de plano. Pero, ¿qué cosa etérea, tan maravillosa, es la esperanza? En principio parece tratarse de una especie de fe en que se verifique algo que deseamos y, probablemente, que creemos que nos merecemos. Sin embargo, la experiencia, el devenir de los hechos en el tiempo, también ha llevado a algunos pensadores (Nietzsche) a definir la esperanza como “el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”.

Cuando pensamos “no hay Dios”, ¿se trata de un pensamiento vacío, cuando sabemos que su existencia es una incógnita desde el Paleolítico, sin que hasta el momento los no versados en teología podamos decir de él nada más que lo que permite una fe sencilla, cultural, humana? Para estos practicantes de una fe sencilla se trata de un tema sobre el que millones y millones de páginas escritas se contienen en una sola frase de Spinoza: “sentimos y experimentamos que somos eternos”. Si el ser humano crece en un entorno cultural en el que la religión desempeña un papel fundamental en la educación, ¿es extraño que se cuestione ciertas cosas que se le afirman y que ve que no se cumplen, al menos, desde su humilde perspectiva?

¿Cómo no van a existir pensamientos acerca de que “la ciencia es sólo lo que se mide y lo que se pesa", y que “la realidad es solo lo que se ve y lo que se toca”, si todo lo demás, lo intangible, o inmaterial, lo etéreo, incluso lo espiritual, nos lo han dado en un arca cerrada desde la antigüedad para que no pueda salir? No intentaré demostrarlo, pues exigiría revisar la historia del pensamiento humano y ello nos llevaría incluso a cuestionarnos la posibilidad de ciertos tipos de conocimiento.

Reitero mi respeto y mi adhesión a la intención del autor del artículo previo. Tenemos que retirar de nuestro cerebro estos pensamientos que nos hacen tanto daño. Con permiso de la psicología y la teología, quizás deberíamos ser más “filósofos” en el sentido de hacer cada día de nuestra vida una lucha por descubrir la verdad o aquello que más se le asemeje. No es extraño que la mente humana esté llena de este tipo de pensamientos y que salgan en la medida que las expectativas que asegura, que da por ciertas su entorno cultural e ideológico, no se cumplen, y la instalación definitiva en el cerebro hace daño.

Seamos niños; extrañémonos de todo; no nos dejemos engañar por esas verdades que, tan bien confeccionadas, nos venden los demás y que, demasiado a menudo, ni siquiera las practican, pero que siempre juegan a favor de sus pretensiones. ¿Cuánto nos hemos perdido por no habernos enseñado a pensar, aunque nuestros educadores eran víctimas de víctimas? Ahora pagamos las consecuencias; tenemos la mente llena de fantasmas, de enemigos, a los que creemos poder desterrar de un plumazo, cuando desde fuera se siguen alimentando.

                                                                                                               Alfredo Martín Antona

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