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¿QUÉ ES VIVIR?

Destacado ¿QUÉ ES VIVIR?

Desde que era un niño me gustaba tumbarme en el césped y contemplar en silencio las noches estrelladas del verano. La Vía Láctea, la Osa Mayor, todo lo que aparecía cada noche en la bóveda celeste me fascinaba y me resultaba curioso el contraste entre un universo estrecho y conocido como el que nos describían los educadores, y ese ancho y desconocido que surgía ante mí. Pero aún lo era más el sentir que podía admirarlo desde un pequeño planeta situado en la orilla de la galaxia, donde habitamos unos seres que pretendemos ser exclusivos notarios de todo lo que existe, pues, sin nosotros, nadie daría fe de nada y, por tanto, nada existiría.

Por entonces se nos decía que el universo era fruto del determinismo; creado por ser suprasensible, necesario, eterno e increado, que lo pensó, que lo hizo, que lo ve; y que el resto somos seres contingentes, seres en él y, por tanto, no seres en sí mismos; en definitiva, meras formas, fruto del proceso de generación y corrupción. Nadie nos dijo que el universo también pudo devenir del azar, de la necesidad ciega. Por ello, con el paso del tiempo, me sorprendían algunas frases pronunciadas por Albert Einstein y me invitaban a reflexionar: “Hay dos cosas infinitas: el mundo y la estupidez humana”. “Los mortales conseguimos la inmortalidad en las cosas que creamos en común y que quedan después de nosotros”. La primera afirmación no es del todo apodíctica; puede no ser totalmente certera, pero si absolutamente categórica. La segunda es de una belleza indescriptible; es muy esperanzadora, y su mensaje debería haber calado mucho más en la colectividad culta y ociosa en la que vivimos.

Seamos notarios o no de todo aquello que acontece, nuestra fragilidad de nacimiento se compensa con el desarrollo de una inteligencia racional que nos permite presumir de ser los reyes de la creación, bajo la hipótesis creacionista. Sin embargo, dicen los entendidos que a lo largo de nuestra vida no llegamos a utilizar sino una mínima parte de dicha inteligencia; algo que no ofrecería la menor duda aún sin la alusión de los expertos. Por si fuera poco, nacemos en un entorno cultural concreto que apela a continuos refuerzos para mantener las normas y las pautas de comportamiento que le reproducen y perpetúan. Nacemos en contextos en los que individualmente pinta poco. Antonio Gala, al inicio de su genial Manuscrito Carmesí, pone en boca de Boabdil el Chico lo siguiente: “… Yo de mí puedo jurar que jamás he elegido. Solo lo secundario o lo accesorio: una comida, un color, la manera de pasar una tarde. La libertad no existe. Representamos un papel ya inventado y concreto al que nunca añadimos nada que sorprenda esencialmente al resto de los representantes...”

¡La libertad no existe! y este personaje de la historia nació ya condicionado a ser lo que fue; no pudo realizarse; no pudo cambiar el papel que tenía asignado para vivir de antemano, como sucede a la gran mayoría de la humanidad y como es necesario para que la otra parte si parezca que lo logra. El ejercicio de la libertad, como en todo concepto genérico-abstracto, es cuestión de grado; la libertad siempre está sometida a determinadas circunstancias, incluso si se trata de elegir, digamos libremente. Pero, dejemos ese asunto, ¿quién soy yo para especular sobre la libertad, algo solo propio de teólogos, de juristas y de filósofos, si los dejan?

El proceso educativo familiar, la calle y la instrucción pública, completan la inserción en el sistema y garantizan su perpetuación. Nosotros, los occidentales, procedemos de las oleadas indoeuropeas que arrasaron la Europa recién neolitizada y que impusieron a las sociedades que vivían una paz relativa su modelo de clases con la función tripartita, que hoy se mantiene en pleno vigor. Las investigaciones arqueológicas y lingüísticas de Marija Gimbutas revelan que los debemos la guerra a gran escala, el maltrato a la mujer, el machismo, etc.

Nadie nos enseñó a pensar porque no sabían hacerlo o porque se lo prohibían, y nos hemos perdido la maravilla de poder interpretar por nosotros mismos las noches estrelladas, el universo y las leyes que le rigen. Hemos perdido la conexión con aquellos que crearon cosas maravillosas en común para nosotros; conocemos la fórmula para resolver las ecuaciones de segundo grado y sus soluciones, pero ¿nos dijeron acaso quien desarrolló por primera vez esta parte de las matemáticas y para qué? Cuando hablamos del Teorema de Pitágoras, ¿sabemos quiénes lo descubrieron y qué pretendía con su desarrollo? Si, sí. Ya sabemos que sirve para relacionar los tres lados de un triángulo rectángulo. ¿Tampoco nos sugiere nada el que hace alrededor de veinticuatro siglos se calculara ya con enorme precisión la distancia entre la tierra y la luna?

Mientras tanto, se nos va ese instante en que consiste vivir; de pequeños haciendo lo que nos dicen, de mayores haciendo lo que nos dejan, pero siempre ocupados en dar vueltas a la misma parva y sin salir de la era, hasta que alguna alteración del organismo nos alerta. Solo entonces recuerdas cuando mirabas fijamente a las estrellas en la oscuridad de la cálida noche para poder verlas más nítidas, de niño y adolescente, ahora que no te dejan el humo, el ruido, el asfalto y las dificultades de tu previa visión. Ya no te ves como un ser reducido al ámbito de tu vida diaria; de hecho, eso ya no tiene tanta importancia. Ahora sientes que te mueves de verdad por el espacio a millones de kilómetros por hora, pero sentado en este coche llamado Tierra. Es una sensación maravillosa, de gran quietud y paz interior que también surge en otros momentos relevantes de nuestra vida, y que te sacan del marasmo de lo cotidiano por algunos momentos. 

Pero, poco a poco, vuelve a absorbernos la cotidianidad, esa terrible normalidad a la que nos llevan y en la que nos envuelven las exigencias de la vida diaria; son las exigencias requeridas para ganar el pan de cada día y para no controlar la ansiedad que nos produce el disponer también del de mañana. ¡Maldita normalidad!

                                                                                                                              Alfredo Martín

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