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SOCIEDAD

  • ¡Qué bella y alegre es la gratitud!

    Venían los dos gallitos, apenas adolescentes, detrás de mí.Gratitud

    Pendientes, mientras cavaba, en escarbar, picar, y esquivar la tierra que lanzaba a la parte baja.

    La tierra blanda, de la lluvia del sábado, y la hierba mojada.

    Los últimos pollos nacieron en enero, a finales, y estos eran de antes, quizás de Noviembre, y ya estamos en marzo

    Ya, andaba agotado de cavar con el hazadón.

     Me había dado cuenta de que, las higueras plantadas en la ladera, tendrían más oportunidades de sobrevivir, si, además de allanar un buen trozo de alcorque, hacía una forma de canalización, que recogiera el agua que escurriera, y la condujera al árbol.

  • Cueva

                En cuevas naturales, labradas tras millones de años, nuestros ancestros vivían en grupos reducidos, habitando un espacio que albergaba varios de aquellos asentamientos. Los ríos, o la cercanía del mar,Cuevas0 procuraban el agua necesaria y el alimento que, junto a la recolección y la caza, constituían la fuente necesaria para sustentarse. El grupo vivía de forma permanente, a lo largo de toda la vida del individuo, renovándose únicamente por la sucesión de nacimientos y muertes. Dormía, comía, cazaba o afilaba los cantos en una unión perfecta. La vejez o la enfermedad, no constituían un problema añadido a la vida social. Los niños se educaban en comunidad, y los ancianos vivían en compañía.

                El paso del tiempo trajo la civilización que, a costa de traer un cambio notable, no supuso en la mayor parte de los asentamientos humanos un modo de vida radicalmente distinto al ancestral. Los pequeños pueblos, compuestos por familias numerosas, vivían en pleno contacto con la naturaleza, sirviendo de continuidad a los primigenios grupos sociales. En esas pequeñas aldeas, se compartía el nacimiento de un recién llegado, o se agrupaba el pueblo congregado entorno a quien estaba a punto de abandonar este mundo. La ancianidad vivía atendida por la familia, y los niños jugaban entre las labores de los adultos.

                Sin embargo, la actual civilización, ha roto los viejos esquemas para convertir a la sociedad en un núcleo de individuos aislados, desarraigados, que viven en entornos variables, permanentemente cambiantes; en los que la naturaleza queda lejos de las transitadas urbes y los horarios interminables sólo permiten engordar los beneficios de las organizaciones a cambio de un cierto nivel de ocio; donde los niños ingresan con escasos meses en guarderías alejadas de sus progenitores, los ancianos viven y mueren solos o el duelo se vive en la soledad de quien contempla la pérdida de un ser querido. La despersonalización que conlleva la pérdida del grupo, la familia y el contacto con la naturaleza, ha convertido a las modernas ciudades en lugares inhóspitos, habitados por personas enfermas que corren de un lado para otro, con prisas, sin saber a dónde ir.

                                                                                                 Rubén López

  • El agua envenenada de Bangladesh

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    Una niña bebe de un pozo contaminado con arsénico en Totar Bagh, Bangladesh. Dominic Blewett

    Con su barba blanca como la nieve y su sarong color pastel, rodeado de sus nietos, sus sobrinas y sus sobrinos, Shadaz Uddin, un comerciante retirado de 63 años, debería estar disfrutando de su jubilación. En cambio, vive preocupado por unas manchas minúsculas que le salpican el pecho. Al principio, los puntos de pigmentación son de color negro, y luego se vuelven blancos, explica el doctor Tariqul Islam inclinándose hacia delante para reconocer a Uddin. Parecen “gotas de lluvia en la tierra”, explica.

    Son las señales que delatan el envenenamiento por arsénico.

    Uddin vive en el pueblo de Totar Bagh, una comunidad agrícola formada por cabañas de chapa ondulada, bambú y hormigón situadas entre bosques y campos de arroz al este de Dacca, la capital de Bangladesh. La colada multicolor cuelga entre las palmeras, sobre el suelo de tierra apisonada, mientras las familias se dedican a sus quehaceres limpiando, cocinando y acarreando el agua que sacan de los pozos próximos a las viviendas con ayuda de una bomba manual.

    El agua es la causa de que el doctor Tariq esté hoy en el pueblo. El médico colabora con las Universidades de Chicago y Columbia en la investigación de los efectos a largo plazo de la exposición al arsénico. Alrededor de la mitad de los pozos en la zona de estudio, en la que viven 35.000 personas, está contaminada con este veneno. La presencia de arsénico en el agua potable del país se detectó por primera vez hace más de dos décadas. Entre las consecuencias de la exposición prolongada se encuentra el aumento significativo de las posibilidades de contraer enfermedades cardíacas, diabetes, y cáncer de pulmón, piel y vejiga. Las repercusiones para la salud y el desarrollo de los niños se arrastran toda la vida.

    Como muchos otros habitantes del pueblo, Uddin sigue bebiendo de su pozo. “Me dijeron que consiguiese agua mejor”, cuenta, y añade que intentó construir otro pozo él mismo, pero que también estaba contaminado. “Sé que el agua no es buena para mi salud, pero no puedo hacer nada”, se lamenta. Su familia, incluidos sus nietos, también la beben. Uddin extiende las manos y levanta la vista al cielo: “No tengo alternativa. He intentado conseguir agua sana, pero no he podido”.

    Se calcula que, en Bangladesh, 40 millones de personas —una cuarta parte de la población— están expuestas a beber agua contaminada con arsénico, una perniciosa sustancia tóxica con pocos síntomas visibles que ataca a múltiples órganos simultáneamente. El Boletín de la Organización Mundial de la Salud calcula que puede ser la causa de 43.000 muertes al año en el país.

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                           Un hombre muestra su pecho despigmentado, una consecuencia del envenenamiento por arsénico, en la aldea de Merua, Bangladesh Dominic Blewett

    El ya fallecido geoquímico Jim Simpson, de la Universidad de Columbia, fue uno de los primeros científicos estadounidenses en enfrentarse al problema del arsénico. En el año 2001, la universidad celebró un congreso al que se había convocado a especialistas en arsénico del mundo entero y que congregó a todo un abanico de expertos en diferentes disciplinas —salud pública, ingeniería, química, hidrología, medicina, toxicología y geología— procedentes de las facultades más prestigiosas del planeta. Las intervenciones se prolongaron durante varios días y tras escucharlas sorprendía el hecho de que estuviese teniendo lugar una catástrofe de proporciones inconcebibles, y, sin embargo, remediable. En esa época estaban sucediendo muchas cosas aparentemente sin solución, como los conflictos étnicos de Yugoslavia o Ruanda, la pobreza o el hambre en el mundo. ¿Estábamos ante una desgracia más de un país pobre mientras nos limitábamos a rasgarnos las vestiduras?

    Sin embargo, lo que se discutía no era si el problema se podía resolver, sino cómo hacerlo; qué solución funcionaría mejor, más práctica y eficazmente. Había cuestiones técnicas que discutir, desde luego, pero no cabía duda de que era factible. El agua contaminada es un problema físico, y existen fundamentalmente dos opciones: filtrarla, o encontrar una nueva fuente. No hay más. Según los cálculos, solucionarlo costaría entre 100 y 300 millones de dólares, es decir, apenas unos dólares por cada vida.

    Actualmente, los ingenieros y los geólogos están de acuerdo en que, en la mayoría de los casos, unos pozos más profundos, por debajo de los 150 metros, pueden proporcionar agua sin arsénico. Otras opciones son filtrar el agua de superficie, o mejor aún, suministrar agua canalizada a una comunidad entera utilizando una planta central de filtración. Los expertos bangladesíes e internacionales creen que en unos cinco a 10 años se podrían construir pozos suficientes para proveer de agua a los 20 millones de personas más gravemente expuestas.

    Así que la pregunta era aparentemente sencilla: ¿por qué sigue pasando?, ¿por qué el problema no se ha resuelto aún?

    “La geología y la ingeniería tienen soluciones de sobra conocidas. Lo que necesitamos es más recursos y más esfuerzos concretos para poder aplicarlas”, señala Kazi Matin Ahmed, director del departamento de Geología de la Universidad de Dacca, que lleva trabajando en el problema casi desde que se descubrió.

    El problema del arsénico ha quedado totalmente fuera de los radares de los donantes

    Peter Kim Streatfield, experto

    “Con un modesto aumento de la inversión en pozos entubados profundos —que son relativamente seguros, además de conocidos y rentables—, y más precisión, la intoxicación por arsénico podría quedar prácticamente eliminada en cinco o 10 años”, puntualiza el hidrogeólogo Peter Ravenscroft en el Journal of Water, Sanitation and Hygiene for Development. Ravenscroft se dedica al problema del arsénico en Bangladesh desde finales de la década de 1990.

    Pero esta clase de pozos son demasiado caros para los aldeanos como Uddin, y necesita financiación del Gobierno y de los donantes internacionales.

    Lo cual es lógico teniendo en cuenta que, involuntariamente, ellos fueron el origen del problema.

    Entonces parecía una buena idea.

    Pozos tóxicos

    En la década de 1970, en Bangladesh miles de personas morían cada año a causa de enfermedades como el cólera, la disentería y la diarrea. Por aquel entonces, Unicef y otras organizaciones internacionales estaban desarrollando una misión dirigida a ayudar a los países en desarrollo a acceder al agua potable. En un intento por lograr que la gente dejase de beber el agua sucia de superficie, colaboraron con el Gobierno de Bangladesh para fomentar el uso de pozos poco profundos accionados con bombas manuales. Desde muchos puntos de vista, era la solución ideal para procurar agua potable a las poblaciones rurales con pocas infraestructuras; un remedio barato, fácil de mantener, puesto en práctica con la cooperación del Gobierno y la intervención de la comunidad y el sector privado, y que atacaba la raíz, y no los síntomas, del problema. Se calcula que se perforaron 10 millones de pozos en todo el país. Al principio fueron el Gobierno, Unicef, y otros donantes y ONG, y luego los particulares y las familias. Aparentemente, el proyecto fue un éxito rotundo. La pureza del agua fue comprobada incluso por el Instituto Británico de Estudios Geológicos (BGS, por sus siglas en inglés). El problema es que a nadie se le ocurrió analizar la presencia de arsénico.

    Hasta la década de 1990 no se descubrió que millones de pozos contenían niveles de arsénico 10, 20 y hasta 50 veces superiores a la concentración considerada inocua por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

    ¿Y por qué nadie hizo pruebas en busca de arsénico? Aunque entonces esta sustancia estaba incluida en la lista de contaminantes naturales del agua para consumo humano de la OMS, ni el Gobierno ni las organizaciones de cooperación que promovieron la construcción de los pozos, consideraron la posibilidad de su presencia. Medir todos los elementos de la lista de la OMS habría sido prohibitivo, explica Pauline Smedley, hidrogeoquímica principal del BGS. “No teníamos razones para pensar que entonces el arsénico fuese un problema en esa zona, así que no se hicieron análisis”, reconoce. En realidad, unos años antes se había detectado el veneno en el agua potable de Bengala Occidental, a dos pasos de Bangladesh, así que muchos especialistas piensan que eso debería haber servido de aviso para que se hiciesen pruebas de arsénico. Pero no fue así. De hecho, hace varios años, diversas ONG bangladesíes presentaron una demanda contra el BGS en Reino Unido, que acabó desestimándose por cuestiones técnicas.

    En Bangladesh, el arsénico está presente de forma natural en los acuíferos poco profundos a consecuencia de las partículas de óxido de hierro que bajan del Himalaya, recorren el Ganges y llegan hasta el país, donde acaban depositándose en las ciénagas y los pantanos. Allí, la vegetación en descomposición hace que se rompan y liberen el arsénico al agua de las capas freáticas próximas a la superficie. Nadie se había dado cuenta antes porque la mayoría de la gente no se abastecía de agua de pozo, sino de las balsas excavadas a mano o de los ríos. Los agricultores del país, que consumen grandes cantidades de agua y arroz (que también contiene elevadas concentraciones de arsénico), sufrieron especialmente los efectos del veneno.

    El Gobierno asegura que está desarrollando un plan de 250 millones de dólares para hacer frente al problema 

    Lo que sucedió después es un ejemplo de los remedios poco eficaces que tantas veces caracterizan las respuestas a los problemas de salud en el mundo. Cuando se descubrió el arsénico, el Banco Mundial encabezó una iniciativa para analizar más de la mitad de los pozos del país. Se demostró que alrededor del 20% estaban contaminados, lo cual suponía nada menos que 57 millones de personas afectadas. Por medio de programas educativos se instó a la gente a buscar nuevas fuentes de agua potable, y los pozos contaminados se marcaron con pintura roja. Pero, si bien abundaron los análisis y la instrucción pública, apenas se hizo nada por proporcionar fuentes de agua seguras a la población. Se excavaron algunos pozos nuevos, pero ni mucho menos los suficientes, y millones de personas siguieron bebiendo agua contaminada. A lo largo de la última década no se han emprendido bastantes acciones para resolver el problema, como muestran los estudios del Gobierno, en los que se puede ver que los niveles de exposición apenas cambiaron entre 2009 y 2013. La pintura roja de los pozos se ha desprendido, la educación se ha interrumpido, y la gente ha excavado por su cuenta millones de pozos poco profundos sin que se hayan hecho análisis. Gran parte de la población dio por supuesto que el problema había remitido, y aunque siguiese afectándoles, tampoco podían hacer mucho.

    A la provincia de Faridpur pertenecen Abdul Latif Sheij y a su mujer Rokeya. Al igual que muchos de sus paisanos, hace años que beben de un pozo contaminado con arsénico. Rokeya tiene marcas en las manos, las muñecas, el pecho y los pies, que se va tocando mientras habla. Sehij dice que su esposa ha estado enferma y que está perdiendo peso. Se perciben la frustración y el desencanto en su voz. Quiere que las cosas mejoren para que su mujer pueda recibir cuidados, pero ella dice que no tiene tiempo de ir al médico, ya que, como su marido no puede trabajar, le toca a ella llevar el dinero a casa. Su hijo y su hija viven con ellos.

    “Si nosotros morimos, ¿quién va a cuidar de nuestra familia?”, se pregunta Rokeya. En un esfuerzo por conseguir agua limpia, la mujer acarrea agua del pozo que hay en las instalaciones de la planta pesquera del pueblo, donde ella trabaja. Muchos vecinos hacen lo mismo pensando que, como es un pozo del Gobierno, el agua tiene que ser potable. En realidad, una visita al lugar muestra que no tiene ninguna marca que indique que ha sido analizado. Una prueba posterior de una muestra de este agua en el laboratorio revela que el contenido de arsénico es de 100 partes por billón (ppb), 10 veces superior al umbral de seguridad establecido por la OMS.

    Otro problema ha sido que, por lo general, las respuestas mundiales en materia de salud han dado prioridad a las intervenciones aparentemente baratas. Al principio, gran parte del esfuerzo se dirigió a instalar filtros de agua en las viviendas. También en este caso parecía la solución perfecta: el producto del esmero de la ciencia trasladado al terreno, fabricado con materiales locales y barato a corto plazo. Pero, a la larga, los filtros no sirvieron de solución. Eran lentos, solo funcionaban con cantidades de agua relativamente pequeñas, y la eliminación del residuo tóxico era complicada. El caso refleja un error frecuente de las iniciativas mundiales en materia de sanidad: se llevan a cabo intervenciones a escala individual, que son baratas, en vez de a escala de comunidad o de país, que requieren más capital. En asuntos como el agua y el saneamiento, los remedios rápidos rara vez compensan.

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    Rokeya bebe de un pozo instalado por el Gobierno. Ella cree que es seguro, pero un análisis posterior reveló que el agua también estaba contaminada por arsénico. Dominic Blewett

    “No se puede actuar contra el arsénico a escala individual. Se necesitan medidas para toda la comunidad; hacen falta intervenciones globales que incluyan a todo el país; hay que tener unas normas oficiales y hay que actuar de verdad sobre el agua y sobre los alimentos para eliminar el arsénico de esas fuentes”, remacha Ana Navas-Acién, epidemióloga especialista en medicina preventiva de la Universidad de Columbia. “A escala individual no se puede hacer prácticamente nada”.

    La capacidad para resolver el problema está ahí. En la mayoría de los casos, excavar pozos más profundos daría buenos resultados y, a largo plazo, la canalización del agua combinada con una planta central de filtrado es una solución mejor, aunque más cara. ¿Por qué no se ha hecho nada de esto? El dinero no es verdaderamente un factor. Construir los pozos y canalizar el agua costaría unos 300 millones de dólares. De hecho, solo el Gobierno ha instalado más de 200.000 nuevos pozos entubados en la última década. El problema es que no se hicieron pensando en el arsénico. Como observaba el catedrático de Columbia Alexander van Geen en su estudio del distrito de Araihazar, si los pozos se hubiesen planificado como es debido, habrían contribuido a que el triple de personas tuviese acceso a agua sin contaminar. Un informe reciente de Human Rights Watch revelaba que, por el contrario, los pozos se habían hecho para los vecinos bien relacionados políticamente. El Gobierno niega las acusaciones de corrupción o clientelismo. Sin embargo, en privado, un alto funcionario reconocía que es la política local la que decide quién tendrá pozo.

    Pia Ali Shaheb, uno de los aldeanos, es la única persona de su pueblo a la que el Gobierno le ha facilitado un pozo nuevo. También es el representante local del partido gobernante. Ante la pregunta de si esas conexiones políticas habían influido, sonríe y responde: “Sí, claro”. Entonces, otro vecino que acaba de llegar del campo empapado en sudor, se acerca y empieza a dar voces. Su mujer y él habían ahorrado y le habían entregado el dinero a un político del pueblo para tener un pozo limpio, pero nunca se lo han construido. Shaheb se encoge de hombros: “Eso es que le distéis el dinero al tipo que no era”.

    ¿A qué se debe, pues, la inacción? No se puede culpar del problema a la corrupción, como hace mucha gente con las dificultades de los países pobres. Es evidente que, en los países ricos, muchas veces sucede lo mismo. Pensemos en los promotores que consiguen recalificaciones de terrenos o en los colegios públicos de las zonas ricas en comparación con las pobres.

    El Gobierno ha instalado más de 200.000 nuevos pozos en la última década. El problema es que no se hicieron pensando en el arsénico

    Lo que falta en el caso de Bangladesh es la falta la voluntad política. Hay conocimiento científico de sobra para entender y resolver el problema. Sin embargo, no parece que este haya alcanzado a los responsables políticos, o por lo menos, que haya estado presente en sus decisiones. Una vez más, los ejemplos abundan en todo el mundo. Por ejemplo, el cambio climático. Igual que en este decisivo asunto, también en el caso del arsénico gran parte del problema reside en que los efectos de la exposición a la sustancia tardan años, y a veces décadas, en manifestarse.

    “Los asesinos silenciosos no causan alarma a los responsables políticos”, dice Habibul Ahsan, catedrático de Salud Pública, director adjunto del Centro de Investigación del Cáncer de la Universidad de Chicago, y uno de los principales investigadores en materia de salud de Araihazar. En un estudio que realizó con la Universidad de Columbia descubrió que, entre las personas que beben el agua emponzoñada, la exposición al arsénico puede ser responsable de una de cada cinco muertes.

    En todo el mundo se ha encontrado arsénico en el agua para el consumo humano. Los efectos de esta sustancia tóxica, lenta y silenciosa, son devastadores. Hace décadas se produjo una contaminación similar, aunque a menor escala, en Chile y en Taiwán, así que los efectos a largo plazo de la substancia tóxica se conocen bien. “Han pasado más de 40 años desde que terminó el contacto, y hoy en día sigue habiendo personas con un riesgo de desarrollar cáncer superior al normal”, afirma Catterina Ferreccio, subdirectora del Centro de Estudios Avanzados de Enfermedades Crónicas de la Universidad de Chile. La investigadora cuenta que, a principios de la década de 1970, al llegar al hospital veía filas de niños que habían sufrido ataques al corazón a consecuencia de la exposición al veneno.

    A pesar de las pruebas abrumadoras, en la práctica el Gobierno ha subestimado en gran medida el problema y ha mantenido un umbral de riesgo para el arsénico significativamente más alto que el de la OMS, lo que significa que, oficialmente, solamente hay unos 20 millones de personas expuestas a la sustancia, en vez de 40. Los funcionarios del Ministerio de Sanidad encargados de hacer el seguimiento del arsénico desestimaron el descubrimiento de que tenía repercusiones masivas para la salud afirmando que nada más 65.000 personas padecían arsenicosis. Dijeron que ni siquiera tenían noticia de los estudios de la OMS y de las Universidades de Columbia y Chicago según los cuales se había producido un enorme aumento de la mortalidad. De hecho, se obstinaban en decir que cada año morían por arsénico nada más que entre 100 y 200 personas.

    Pero no se trata únicamente de los funcionarios del país. La mayoría de los donantes
    internacionales también han dado la espalda al problema. El Banco Mundial, Unicef y la OMS no tienen ningún proyecto significativo dirigido a paliar los daños ocasionados por el arsénico, ni tampoco los donantes bilaterales de Estados Unidos y Europa. “Ha quedado totalmente fuera de los radares de los donantes”, lamenta el experto Peter Kim Streatfield, investigador emérito del Centro Internacional para la Investigación de Enfermedades Diarreicas en Bangladesh, una de las principales instituciones de investigación sanitaria del país.

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    Shahaz Uddin también ha bebido agua contaminada con arsénico. Dominic Blewett

    “En este tema de salud pública hay un componente de psicología de las organizaciones”, afirma Ravenscroft, que en la actualidad está escribiendo un manual para Unicef y la OMS sobre cómo paliar los daños del arsénico. La escala misma del problema ha sido un obstáculo para que los donantes siguiesen actuando. Según el hidrogeólogo, es posible que estos se hayan rendido al no tener a la vista ninguna solución rápida. “Creo que les da miedo responsabilizarse de un problema que creen que es demasiado grande para ellos”.

    A fin de cuentas, se trata de un caso de fracaso institucional y falta de responsabilidad. También es consecuencia de la política de la salud pública: por terribles que sean los efectos de la intoxicación por arsénico, tardan años, incluso décadas, en hacerse evidentes. En consecuencia, a los políticos, a los donantes, a los organismos de cooperación internacional y a los Gobiernos locales, les resulta fácil hacer caso omiso del problema. Mientras que los brotes espectaculares de enfermedades como el ébola o los desastres naturales como el terremoto de Haití recaudaron miles de millones de dólares de ayuda (e, incluso entonces, la respuesta tuvo sus fallos), el arsénico, que afecta a muchas más personas, pero que actúa despacio y no es telegénico, ha visto esfumarse el dinero para investigar y aliviar los daños.

    Tras la publicación del informe de Human Rights Watch, el ministro de Desarrollo Rural y diputado por la provincia de Faridpur, declaró que nadie había muerto recientemente a causa del arsénico. El Gobierno se niega a reconocer que el problema persiste, porque, si lo hiciese, estaría reconociendo su propio fracaso. En esto, Bangladesh no tiene nada de especial. Recordemos la incapacidad de Estados Unidos para hacer frente a la intoxicación con plomo en Flynt, en el estado de Michigan, o a las inundaciones de Nueva Orleans, la respuesta absolutamente inadecuada de Europa a la crisis de los refugiados, el fracaso ruso en Chernóbil, o el de casi cualquier Gobierno para solucionar los problemas de su sistema educativo.

    “La pasividad política está presente en todas partes. No se trata exclusivamente de Bangladesh, ni mucho menos. No quieren ocuparse de cosas que no les sirvan para salir elegidos el mes que viene”, reflexiona Allan Smith, catedrático emérito de Salud Pública de la Universidad de California en Berkeley y uno de los primeros en escribir sobre el problema en el año 2000. Smith se dio cuenta de que, con el Gobierno de George W. Bush, el nivel de arsénico autorizado subió del límite establecido por la OMS a un nivel comparable al fijado por Bangladesh. (Con Obama se rebajó).

    La preocupación por el efecto del arroz como portador de arsénico también es importante

    Unicef ha trabajado en la resolución del problema en un puñado de comunidades. Aunque esto no acabará con él a escala nacional, es un ejemplo de cómo se podría solucionar. En el pueblo de Batachow, en Comilla, al norte de Dacca, el organismo cooperó con la aldea para instalar una canalización de agua que utilizase una planta central de filtración consistente en una serie de relucientes tanques del tamaño de los que se utilizan en las fábricas de cerveza, y varios filtros de rejilla para el agua. Batachow, que antes estaba absolutamente contaminado, ahora tiene agua limpia.

    “No podíamos ni imaginar que existiese una solución así al abastecimiento de agua”, cuenta Mamunur Rashid, miembro de la comisión del agua del pueblo. El coste por familia es de 50 taka (menos de un euro) al mes, y ellas piensan que bien vale la pena. Pero, hasta el momento, solo se ha puesto en práctica en unas cuantas comunidades.

    Los funcionarios de obras públicas del Gobierno aseguran que actualmente están desarrollando un plan de 250 millones de dólares para hacer frente al problema del arsénico. Pero el plan está a la espera de su aprobación por parte de los políticos, cosa que todavía es sumamente incierta. En privado, tanto los funcionarios como los expertos externos expresan su profundo escepticismo con respecto a que algo vaya a ocurrir, y observan que, en otras ocasiones, las promesas de los políticos de que van a solucionar el asunto ya han quedado en nada, incluso después de las elecciones. Mientras tanto, se sigue investigando.

    “Voy al terreno, intento recoger muestras, y la gente me pregunta qué debería hacer, por qué no le dan opciones alternativas para abastecerse de agua”, explica Ahmed. “Como investigador, me siento muy mal”. “Es algo que podría estar resuelto en 10 o 15 años. Llevamos 22 trabajando en ello y todavía hay mucha gente expuesta. Es de lo más frustrante”, lamenta. “Nadie debería beber esa agua”.

    La alimentación, en juego

    La preocupación por el efecto del arroz como portador de arsénico también es importante. Sin embargo, los funcionarios del Gobierno de Bangladesh se han resistido obstinadamente a reconocer el problema, al parecer porque temen sembrar el pánico en torno al alimento principal del país, según diversos científicos que han pedido que se los mantenga en el anonimato. Los investigadores afirman que altos cargos del Gobierno les han llamado la atención por sacar el tema a la luz. Algunos expertos han encontrado pozos de irrigación que contienen 0,5 partes de arsénico por millón, pero no se han realizado análisis a escala nacional.

    Un reciente estudio llevado a cabo en Bangladesh detectó que, a pesar de que había niños que ya no bebían agua contaminada, los niveles de arsénico en su organismo seguían siendo elevados. La causa más probable es el consumo de arroz, afirma Marie Vahter, directora del equipo de investigación sobre metales tóxicos del Instituto Karolinska de Estocolmo.

    Efectivamente, se ha comprobado que el arsénico en el arroz es un peligro en todo el mundo. De hecho, las mayores concentraciones se han registrado en Francia. Si bien la OMS, la Unión Europea y Estados Unidos han dictado nuevas normas referentes a los niveles de arsénico permitidos para el arroz, estos siguen siendo excesivos, afirma Andy Meharg, biogeoquímico de la Universidad Queen’s de Belfast y uno de los primeros investigadores en descubrir el problema. Las normas son “irrelevantes”, declaró en un reciente congreso dedicado a la investigación sobre el arsénico que se celebró en Estocolmo. Las normas se han establecido siguiendo criterios económicos (en qué medida pueden afectar a la industria del arroz), más que de seguridad, concluye Meharg.

    Este reportaje ha sido financiado por el Centro Europeo de Periodismo a través de su programa de becas para la innovación en la información sobre el desarrollo (www.journalismgrants.org).

    Fuente EL Pais 14-02-2017

  • Elysium

                “En el año 2159, los seres humanos se dividen en dos grupos: los ricos, que viven en la estación espacial Elysium, y todos los demás, que sobreviven como pueden elysiumen una Tierra devastada y superpoblada. Rhodes (Jodie Foster), una dura gobernante, promueve una rígida ley antimigración, cuyo objetivo es preservar el lujoso estilo de vida de los ciudadanos de la estación espacial. A pesar de ello, los habitantes de la Tierra harán todo lo posible por emigrar a Elysium. Max (Matt Damon) acepta una misión casi utópica, pero que, si tuviera éxito, significaría la conquista de la igualdad entre las personas de esos dos mundos tan opuestos.” (FILMAFFINITY).

               Futurista, pero tan llena de actualidad como la realidad misma, Elysium presenta la descripción de un mundo cuyo germen está entre nosotros. La distancia entre ricos y pobres se hace del todo notoria en la sociedad actual. La brecha tecnológica y las oportunidades abiertas para un reducido número de personas, prevén vislumbrar un futuro radicalmente dividido entre un reducto carente de necesidades básicas, superpoblado y contaminado, y una élite desenvuelta al margen de la realidad de la mayoría.

                Lejos de tender puentes hacia la concreción de las relaciones humanas y el derribo de las fronteras levantadas entre ellas, uno de los vectores, bajo el que se tensa la cuerda del futuro, converge precisamente hacia todo lo contrario, dirigiéndose a un escenario oligárquico de dominadores absolutos y esclavos, de poseedores de toda la riqueza frente quienes no disponen de lo necesario para vivir y a un mundo sin fronteras para unos y de límites o rejas para otros.

                                                                                                Rubén López

  • Mercantilismo

                “El consumo sigue siendo el valor absoluto en la sociedad moderna, y ha desplazado a todos los demás valores de la vida social. A día de hoy el consumo sirve de criterio del bien social y del grado deMercantilismo civilización de un Estado. Así lo percibe la conciencia social. La imagen ideológica del consumo encierra su otro lado: la deshumanización, la devaluación del trabajo, el crecimiento de la explotación y de la estratificación social, la sustitución de las necesidades básicas de educación, salud, vivienda y desarrollo intelectual. El consumo gasta muchos recursos intelectuales y humanos que podrían contribuir al progreso social, tecnológico y humanitario”. Alexandr Zinóviev.

                Del cuidado de la forma de producción gremial, propia de los oficios medievales, se ha evolucionado hacia un sistema que se desprende del producto para asentarse únicamente en el beneficio económico que resulta de la prestación de un servicio o de la venta de un bien que adolece de calidad, y no está fabricado para perdurar. El rendimiento no se basa sólo en la venta sino en el mantenimiento de lo vendido y la reducción de costes, sobre todo laborales, de la producción. La tecnología, en esta línea, está llamada a suplir la fuerza humana con la finalidad de elevar el rendimiento productivo. El intercambio racional de bienes, como elemento esencial de cualquier civilización, se ha convertido en un descontrolado mecanismo de distorsión de aquella.

                                                                                       Rubén López

  • Pobreza energética

                "Una economía al servicio del 1 %",Oxfam Intermon.excluidos

                Según un informe de Oxfam, España es el país de la OCDE donde más ha crecido la desigualdad. Otro informe, esta vez de UNICEF, aclara que la pobreza infantil está creciendo de forma severa en el mundo industrializado.

                Vivimos en un modelo de sociedad, que excluye a casi un treinta por ciento de la población. Sin embargo, el pulso hacia el lado diseñado por el poder economicista, no ha cesado. El endeudamiento del Estado, la deuda española alcanza el cien por cien del PIB, el vaciamiento de la hucha de las pensiones, cincuenta mil millones en cinco años, y la reforma laboral, que pretende hacer de todo contrato una mochila en la que el propio trabajador detraiga de su sueldo una parte para pagarse la sanidad o la pensión, hace que el sistema sólo pueda estar compuesto por aquellas personas que cuenten con un trabajo; eso sí, precario o temporal, en un porcentaje muy elevado de la población, y carente de cualquier tipo de garantía o seguridad, en la previsión de poder mantenerlo.

                                                                                                   Rubén López

  • Servicio público

    "Si las virtudes de los hombres fueran supremas, sería innecesario el gobierno."SP

    Adam Smith.

    Duguit en su obra "Transformaciones del Derecho Público", formuló la concepción del servicio público en los siguientes términos; "El Estado no es, como se ha pretendido hacerlo y como durante algún tiempo se ha creído que era, un poder de mando, una soberanía; es una cooperación de servicios públicos organizados y controlados por los gobernantes".

    Jeze, continuó la labor abierta por Duguit, reconociendo que los servicios públicos son aquellas necesidades de interés general, realizadas por aquel, cuya satisfacción es indispensable, mediante prestaciones continuas, regulares y gratuitas, o a precios inferiores a los del mercado, y realizadas en igualdad de condiciones.

    Por su parte, en la economía del bienestar de Pigou, preocupado por el desempleo y los problemas sociales," el interés privado no optimizaría el bienestar de la sociedad."

    Pigou atendió al estado de bienestar social, que proporciona seguridad social y oportunidades para  el acceso a servicios como la sanidad, educación o vivienda.

    Rubén López

  • Subsidiaridad

                “La persona humana necesita la vida social. Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su naturaleza. La socialización presenta también peligros. Unasubsidiariedad intervención demasiado fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales. La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado de subsidiaridad. Según este, una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común.

                Por bien común, es preciso entender el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección. Supone, el respeto a la persona en cuanto tal, el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo y finalmente la paz, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. La realización más completa de este bien común se verifica en la comunidad política. Corresponde al Estado defender y promover el bien común de la sociedad civil, de los ciudadanos y de las instituciones intermedias. La unidad de la familia humana, implica un bien común universal. Este requiere una organización de la comunidad de naciones capaz de proveer a las diferentes necesidades, tanto en los campos de la vida social, a los que pertenecen la alimentación, la salud, la educación, etc., como socorrer a los refugiados dispersos por todo el mundo o también ayudar a los emigrantes y a sus familias. El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las personas. El orden social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas y no al contrario.

                La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana.

                Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad. El principio de solidaridad, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana. La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.

                La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación”.Doctrina católica, edición conforme al texto latino oficial de 1997.

                                                                                      Rubén López

               

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