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Cueva

  • Escrito por Rubén López

            En cuevas naturales, labradas tras millones de años, nuestros ancestros vivían en grupos reducidos, habitando un espacio que albergaba varios de aquellos asentamientos. Los ríos, o la cercanía del mar,Cuevas0 procuraban el agua necesaria y el alimento que, junto a la recolección y la caza, constituían la fuente necesaria para sustentarse. El grupo vivía de forma permanente, a lo largo de toda la vida del individuo, renovándose únicamente por la sucesión de nacimientos y muertes. Dormía, comía, cazaba o afilaba los cantos en una unión perfecta. La vejez o la enfermedad, no constituían un problema añadido a la vida social. Los niños se educaban en comunidad, y los ancianos vivían en compañía.

            El paso del tiempo trajo la civilización que, a costa de traer un cambio notable, no supuso en la mayor parte de los asentamientos humanos un modo de vida radicalmente distinto al ancestral. Los pequeños pueblos, compuestos por familias numerosas, vivían en pleno contacto con la naturaleza, sirviendo de continuidad a los primigenios grupos sociales. En esas pequeñas aldeas, se compartía el nacimiento de un recién llegado, o se agrupaba el pueblo congregado entorno a quien estaba a punto de abandonar este mundo. La ancianidad vivía atendida por la familia, y los niños jugaban entre las labores de los adultos.

            Sin embargo, la actual civilización, ha roto los viejos esquemas para convertir a la sociedad en un núcleo de individuos aislados, desarraigados, que viven en entornos variables, permanentemente cambiantes; en los que la naturaleza queda lejos de las transitadas urbes y los horarios interminables sólo permiten engordar los beneficios de las organizaciones a cambio de un cierto nivel de ocio; donde los niños ingresan con escasos meses en guarderías alejadas de sus progenitores, los ancianos viven y mueren solos o el duelo se vive en la soledad de quien contempla la pérdida de un ser querido. La despersonalización que conlleva la pérdida del grupo, la familia y el contacto con la naturaleza, ha convertido a las modernas ciudades en lugares inhóspitos, habitados por personas enfermas que corren de un lado para otro, con prisas, sin saber a dónde ir.

                                                                                             Rubén López

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